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El señor ÁVILA.-
Señor Presidente , en la sociedad moderna, la institución del matrimonio se ha visto forzada a experimentar reformas. Las mismas se han realizado en todas partes, menos en Chile, el Irán de Occidente. ¡Hasta en ese país, baluarte de los musulmanes más arcaicos, existe el divorcio! En el nuestro, la Iglesia, por desgracia, perdió todo impulso renovador. Terminó convirtiéndose en el último refugio de los ultramontanos criollos. Y, aun así, es respetable el derecho de la jerarquía eclesiástica a exponer y defender sus posiciones. Pero también reclamamos lo mismo, sin las amenazas del infierno, para opinar distinto.
Atendiendo a la visión teológica, el ser humano estaría hecho a imagen y semejanza de Dios. No igual a Él. De ahí su imperfección, la cual se manifiesta en el pecado. Somos conscientes de que erramos con mucha frecuencia. Y si no, pregúntenle al humorista Álvaro Salas . Por eso, estamos obligados a superar nuestros yerros y no permanecer encadenados a ellos. La Iglesia misma reconoce que es posible borrar los pecados, de acuerdo con ciertos procedimientos.
Es de Perogrullo que en el matrimonio las partes se pueden equivocar. Y, para tal evento, es preciso tener una respuesta. Ya no es aceptable una institución que permanezca pétrea, inmóvil, en la realidad vertiginosa que nos circunda.
Nos correspondió vivir en un mundo hedonista y brutalmente competitivo. No es raro que la convivencia social haya entrado en abierta crisis. El matrimonio no es ajeno a la debacle ética y valórica que esto trae consigo. La familia sufre el impacto, y así lo muestra la experiencia.
Conforme al último censo, la categoría de "casado" ha descendido 10 por ciento, mientras que la de "conviviente" aumentó en 40 por ciento. Por su parte, las jefaturas de hogar femenino han subido 59,1 por ciento respecto del censo anterior.
Cuando el matrimonio se transforma en una cárcel sin salida, el único punto de fuga es la nulidad. Y esto significa la disolución fingida e hipócrita del vínculo. Por desgracia, como una lacra social y moral, esta vergonzosa práctica se llegó a institucionalizar entre nosotros. Los moralistas de ocasión niegan la posibilidad de una salida transparente a las crisis irreversibles de orden conyugal. Prefieren la espuria tecnología del engaño que se ha creado en torno a las nulidades. Implica hacer creer que ocurrieron hechos o circunstancias que nunca existieron. Con singular cinismo se deshace el lazo marital, pero quedan penando sus efectos. Por eso, muchos jóvenes optan por no casarse y, simplemente, conviven.
Es ilustrativo consignar que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos plantea como objetivo del Estado la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, en ese empeño es posible confundir la ruta. Si a nivel de la familia así ocurriere, está la posibilidad de reanudar el esfuerzo, pero protegiendo la seguridad doméstica. Es decir, los derechos de los niños y la mujer.
Con una picardía digna de cardenales de la época de Savonarola, se ha propuesto dos tipos de matrimonio: uno con divorcio y otro sin él. Se nos tiende así una ladina trampa, éticamente inaceptable.
Esa pretensión, que califico de aberrante y contraria al sentido común, me hace recordar la fiesta del asno en la Grecia antigua. Era la ocasión donde se invertían todos los valores y ni las cosas más sagradas quedaban al margen. Durante el transcurso de estas locuras, un asno disfrazado de reverendo ingresaba marcha atrás en los santuarios tirado de la cola.
Con tan punzante mordacidad se buscaba fustigar a ciertas instituciones que iban más allá del ámbito que les es propio. Algo así como pretender, entre nosotros, que la ley se adapte a un sacramento. Craso error confundir Derecho con Religión y Estado con Iglesia.
¿Quién, aparte de un conocido esteticista, se casa con la certidumbre del fracaso?
El divorcio, demonizado al extremo, debe entenderse sólo como alternativa para resolver una crisis. Es disparatado pensar que pueda por sí mismo llevar al fin de la relación conyugal. Con esta lógica rampante, sería riesgoso construir hospitales, por la tentación a enfermarse en que podría incurrir la población. Querría decir que el amor, por una suerte de tropismo aciago, se guiaría por el camino del quiebre para alcanzar el divorcio. ¿Quién buscaría padecer un dolor intenso con el fin de aprovechar la oferta de un calmante? Esto sería imponerle al acto nupcial un fatalismo absurdo que abortaría toda ilusión.
Obviamente, debe existir un solo tipo de matrimonio para todos los habitantes del país. Y el de las iglesias no puede prevalecer sobre el civil. Los que se muestren seducidos por la idea de una sociedad teocrática se equivocan rotundamente. Consagrando primero el matrimonio religioso, se patenta civilmente el amancebamiento. Treinta días es el lapso estipulado por el proyecto. Al término de dicho plazo, si el amor y la pasión no merman, se hace la inscripción en el Registro Civil . Es decir, justo después de la luna de miel.
Por otro lado, más de 250 iglesias dispondrían de personería para casar. Entre ellas "La Trompeta". Podría darse más de un injusto bochorno para la novia si invocara a dicha entidad como la consagratoria de sus nupcias. Bien conocemos la implacable picaresca nacional. Las damas que se casen con la bendición de "La Trompeta" pueden ser objeto de atrevidas y burlescas alusiones.
Todos estaremos de acuerdo en que el divorcio sólo es aceptable protegiendo los derechos de los hijos. Y, obviamente, lo mismo respecto de la mujer. En especial, cuando ésta no ha trabajado. En realidad...
El señor PIZARRO .-
Excúseme, Su Señoría. Me causa risa lo que acaba de señalar.
El señor CORDERO.-
Descansemos un rato, señor Presidente.
El señor ZALDÍVAR, don Andrés ( Presidente ).-
¡Orden en la Sala!
Puede continuar el Honorable señor Ávila .
El señor ÁVILA.-
Informo a los señores Senadores que, efectivamente, existe una Iglesia denominada "La Trompeta".
Señor Presidente , al ser interrumpido me refería al trabajo de la mujer. En realidad, ésta lo ha hecho dentro del hogar: cuidando los niños, preparando los alimentos y manteniendo las condiciones de limpieza e higiene. Como el mercado no reconoce esta labor, se niega su existencia.
La cónyuge no sólo debe recibir la mitad o más de lo acumulado en el matrimonio, según el número de hijos. Si no ha tenido previsión, el hombre debe estar obligado a traspasarle la mitad de sus derechos.
El divorcio no es un desborde licencioso, como algunos intentan estigmatizarlo. Ha de ser un proceso responsable. Pero nunca tan costoso e infinito que convierta su logro en un atosigante tormento para la mayoría desvalida. Plazos eternos y engorrosos requisitos no hacen sino agravar las consecuencias de una ruptura grave e irreparable. Dos seres que se amaron apelan al divorcio sólo cuando han agotado los esfuerzos por rehacer la vida en común.
La idea de ciertos recalcitrantes tradicionalistas en orden a consagrar dos matrimonios es restablecer el reino de la hipocresía. La gente dirá que se casa para siempre porque ésa es la verdad del momento. Pero también es cierto que las bases fundamentales de la unión pueden deteriorarse y producir un giro trágico en la convivencia de las parejas. En tales circunstancias, la voluntad de las partes ha de poder expresarse libremente. Jamás debe ser reemplazada por la subjetividad del Estado o de la Iglesia. Dichas instituciones pueden aconsejar, defender y propiciar determinadas salidas, pero al final, ha de prevalecer el respeto a la autonomía y dignidad de la persona humana.
A esta altura, cabe reconocer que la mayoría conservadora de la Comisión consiguió un divorcio completo, rápido y simple. Pero, por desgracia, no el que viene reclamando la ciudadanía. Lograron en plenitud el divorcio de ellos mismos respecto de una aplastante proporción de chilenos.
Las encuestas revelan un apoyo que supera el 70 por ciento a favor de legislar sobre el tema. Pero eso poco parece importarles. Los sostenedores de esta nueva moral victoriana discriminan en contra de la mujer y tienden un manto de hipocresía acerca de la realidad social.
La verdad es que una discusión que esperó 115 años encontró ahora en la Derecha otros rostros, pero los mismos atavismos, dogmas, prejuicios e intolerancias de siempre. Definitivamente, no cambian. Siguen en la tónica de inventar artificios para que todo permanezca igual. Son los fieles herederos del Príncipe de Lampedusa, quien concibió la imagen del "gatopardo", esto es, promover supuestos cambios para que todo quede como antes o peor.
Es eso exactamente lo que se pretende con este proyecto: crear la sensación de que se legisla sobre las fracturas conyugales irreversibles y, al efecto, aceptar una forma de divorcio. Pero se le inventan tantos requisitos y obstáculos que al final resultan más eficaces y expeditas las actuales nulidades.
Frente a todo eso, aguardábamos una Iglesia que, en tal crucial discusión, iluminara el camino. No ha sido así. Al contrario: ha encandilado, presionado y atemorizado a muchos de los que hoy están llamados a decidir. Más bien, ha enturbiado el debate. Ello, debido a que el tema de fondo no es el divorcio propiamente tal, sino las rupturas matrimoniales y el desamparo legal en que quedan las familias afectadas.
¡Centenares de miles de compatriotas confían en volver a emocionarse partiendo una torta de novios como la que tengo a mi lado. Es cruel negarles el derecho a rehacer sus vidas!
He dicho.
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