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    • rdf:value = " Tiene la palabra el diputado señor Patricio Hales . El señor HALES.- Señor Presidente, valoro altamente el proyecto, porque creo que forma parte de las grandes modificaciones culturales que vamos a ir viviendo en el transcurso de las décadas, en lentos avances, de nuestra propia concepción sobre la relación entre mujeres y hombres, entre hombres y mujeres. Este no es un proyecto destinado a poner freno y congelar el entusiasmo sexual, sino para evitar transformar el entusiasmo sexual en un chantaje, en una coacción. No es una iniciativa destinada a inhibir o a castrar la posibilidad de las relaciones amorosas en el ámbito laboral, sino a impedir que el amor, uno de los actos más maravillosos del ser humano -quizás el más maravilloso- se torne en una herramienta de coacción, de abuso, de presión. Este no es un proyecto destinado a terminar con el deseo ni a imponer, sobre la base de la ley, una juridicidad castradora de la naturaleza humana, sino a colocar en el término adecuado situaciones que, naciendo de la naturaleza amorosa, han sufrido quizás profundas deformaciones de las concepciones de cultura en la relación que hemos establecido entre hombres y mujeres en tantos ámbitos. Esa concepción que irá cambiando en el medio laboral es quizás donde más brutalmente se expresa, porque, muchas veces, la mujer que se incorpora a un ámbito de trabajo de hombres es inmediatamente considerada una presa, parte del coto de caza e, incluso, la posibilidad, para quien tenga un poco de poder, de utilizarlo sobre esa trabajadora. Hay películas y literatura de acoso de mujeres hacia hombres, pero, en verdad, históricamente, los hombres han acosado a las mujeres. Esa ha sido la situación. Considero absolutamente absurdo pensar que este proyecto atenta contra la normalidad de las relaciones entre mujeres y hombres, porque es normal que en un ámbito laboral -justamente por estar realizando un trabajo en común- se pueda desarrollar tal grado de amistad, de complicidad, de compañerismo, que pueda producirse el atractivo, el entusiasmo y aumentar el deseo. Pero debe ser combinado, naturalmente, en las mejores condiciones, y en este caso, no solamente apelando a la buena voluntad de las personas, sino creando las condiciones jurídicas para que esto sea en verdadero compañerismo, en el respeto profesional y en el adecuado respeto de las jerarquías, pero no en abuso para cambiar el curso de la normalidad de las relaciones naturales. Ciertamente, resulta difícil establecer el límite entre el flirteo o coqueteo con la aceptación voluntaria o no de la mujer cuando el hombre manifiesta interés. No existe ley que pueda regular esa sutileza, pero si hay algún grado de presión o chantaje en las condiciones laborales producto del pretexto del interés natural, entonces se está cometiendo un abuso. Respecto del entusiasmo amoroso, normal, natural, de aceptación voluntaria, recuerdo ese relato oriental en que Kamaralzaman y Sett-Budur son dormidos por dos genios. Uno de ellos despierta a Kamaralzaman, quien, desnudo, mira a la princesa Sett-Budur y dice: “¡Qué lástima que esté dormida, porque no tendré la aceptación de su voluntad!”. La observa durante la noche mientras ella duerme bajo el influjo de los genios. Él, dormido, se desespera en su amor al descubrirla. Ahí espera el amanecer, hasta que se duerme, y sólo cuando los genios deciden despertarlos a ambos se produce el encuentro, la posibilidad de la conquista mutua, la seducción, el entusiasmo y la decisión de voluntad. Eso es todo lo contrario a esta concepción cultural de la mujer como presa de caza en el ámbito de trabajo, que es más fuerte con las más pobres, pero existe en todos los ámbitos: en los gerenciales y secretariales. Forma parte del humor sexual, del humor amoroso, del chiste. Incluso está instalada la idea de que la secretaria es una mujer objeto de presión, de acoso sexual. Creo que no es para castigarlas. Sinceramente, no es que esto haya sido una cosa premeditada de la cultura masculina para decirle a las mujeres “no se metan en el ámbito de mi poder”. Pienso que es algo menos perverso, pero más brutal y profundo. Quizás es esta cultura del desprecio, de la visión minusvaloradora de la mujer. De no entender que ingresó una mujer que ejerce su labor y su trabajo como primer acto y, como segundo acto, podría ser que en el compañerismo nazca el interés amoroso, incluso de un jefe. Pero en la visión minusvaloradora de la mujer que existe en nuestra cultura, primero está la idea sutil, aparentemente inocente y suave, que incluso hemos escuchado en el ámbito de la política: “Ha venido esta dama a adornar como una flor esta reunión de varones”. Aparte de la siutiquería vulgar de la frase, encierra una barbaridad despectiva y descomunal. Yo la he escuchado entre diputados con motivo de la llegada de una diputada; entre arquitectos con el ingreso de una arquitecta; entre ministros, con la entrada de una ministra; en reuniones internacionales, con la presencia de una especialista que deslumbra con su belleza. Ella no ingresó en ese instante para adornar nada, sino porque era ministra y cumple labor de Estado; porque era diputada y quiere participar con sus pares, pero no para ser considerada como florcita. Si durante el transcurso de la reunión internacional, política, laboral o profesional, cualquiera de los hombres observa en esa mujer -además del compañerismo y respeto laboral- belleza física, hermosura, encanto, coquetería, podrá surgir también el entusiasmo natural del hombre y darse las relaciones como las que voluntariamente quería tener Kamaralzaman al descubrir a Sett-Budur. La ley nunca podrá establecer todas las modificaciones culturales que quisiéramos, porque será un lento y gran cambio, pero esta iniciativa es una enorme contribución. Incluso, hago un reconocimiento al movimiento feminista en la defensa que hizo de las mujeres cuando eran agredidas y no tenían la posibilidad de desarrollarse bien en su trabajo. Así comenzó y, probablemente, se transformó en una cuestión exageradamente agresiva. En todo caso, eso no importa, porque al final se regula por el cambio cultural que va a permitir este avance. No creo que el acoso sea perversamente pensado por los hombres, sino que nace del impulso de la normalidad, y me alegro de que el proyecto sea capaz de precisar la posibilidad de que se pueda llegar al abuso. El día de mañana cualquiera -mujer u hombre- puede acusar de acoso sexual al jefe, convirtiéndose en la gran fórmula para lograr indemnizaciones. No tan millonarias como las que hemos conocido a nivel de gobierno, pero una indemnización al fin. Por ello me alegro de que la diputada señora Adriana Muñoz y el diputado señor Aníbal Pérez , preocupados por años de este proyecto, hayan incluido el artículo que establece: “Si el trabajador hubiese invocado la causal del número dos del artículo 160 falsamente o con el propósito de lesionar la honra de la persona demandada” -es decir, alguien que quiera hacer un acto de venganza a su jefe- “y el tribunal hubiese declarado su demanda carente de motivo plausible, estará obligado a indemnizar los perjuicios que cause al afectado.”. Me parece adecuado que este proyecto precise ciertas situaciones. Observo varias clases de rechazo a este proyecto. Uno, de ellas es la que estima una estupidez una normativa de esta naturaleza, porque estas cosas se resuelven solas, además, que es normal la relación amorosa y de interés entre hombres y mujeres. Sí, pero como ya lo hemos dicho, no es normal que se transforme el amor en chantaje. Lo que no es normal -aun cuando podría serlo- es que el jefe se enamore de la secretaria, que la busque, le coquetee, se entusiasme, la invite, y si ésta se niega, diga: “Conforme, siga trabajando” y no se creen las condiciones que todos conocemos y que no es necesario describir. El proyecto precisa que por conductas de acoso sexual se entiende “un comportamiento de carácter sexual, no deseado por la persona a la que va dirigido y que le produzca o amenace con producirle un perjuicio en su situación laboral”. También se da la sonrisa despectiva frente a este proyecto porque lo consideran una “tonterita”, que intenta solucionar el problema con una cuestión jurídica artificial, cuando el tema, al final, va a ser regulado por la relación de hombres y mujeres. Termino mi intervención, contrariamente a todo lo que se pueda imaginar, en vez de inhibir y de enfriar, llamando justamente a valorar el entusiasmo de la relación de hombres y mujeres. ¡Ámense todo lo que puedan, entusiásmense todo lo que quieran, piropéense en todas las relaciones laborales, pero nunca, jamás, piensen que el entusiasmo que pueda producirse en una relación entre hombre y mujer puede servir de herramienta ya no sólo para castigar a la mujer ejerciendo una forma de poder, sino para sancionar la relación amorosa, para estigmatizar, infectar, dañar lo más sagrado que tenemos, que es el encuentro entre las personas y más aún si se da el encuentro amoroso entre los sexos. He dicho. "
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