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El señor MONCKEBERG (de pie).-
Señor Presidente , estimados diputados, querida tía Alicia, hijos, nietos y bisnietos.
Con especial sentimiento rindo homenaje, en nombre de mi bancada, al ex diputado y querido tío don Miguel Luis Amunátegui Johnson .
El hecho de estar en este podio, donde muchas veces seguramente él estuvo, me recuerda que lo de hoy, al menos así lo dice el protocolo, es un homenaje desde mi condición de diputado a otro ex gran diputado , de quien se destaca su importante aporte legislativo a la vida política y pública.
Tuve la oportunidad de conocer muy de cerca a don Miguel Luis . Se trataba de aquellas personas de quienes es imposible hablar de sus logros públicos sin encontrar una directa conexión con los variados aspectos de su vida personal y familiar.
Al recordar la imagen de este gran hombre, de fuego en la mirada y de corazón en llamas, se me vienen a la vista los inolvidables relatos épicos de este gran parlamentario, pero también la ternura de aquel hombre en la tranquilidad de su casa y en la calidez de su familia.
Estas paredes están acostumbradas a recibir muchos homenajes a las grandes obras públicas de muchos hombres y mujeres. Hoy, sin embargo, puedo decirles con completa seguridad que no sólo estamos homenajeando a un gran diputado y a sus grandes obras legislativas, sino especialmente a una gran persona, a un mucho mejor padre y a un brillante esposo.
No es fácil decirlo, pero estoy seguro de no equivocarme al señalar que cada una de sus actuaciones públicas eran el eco incontenible de su profunda vocación social y cristiana, que cultivó en el seno de su hogar. Es ahí donde podemos encontrar el principal legado de don Miguel Luis Amunátegui Johnson , quien hoy nos deja a todos su casi perfecta coherencia entre cómo él actuaba en público y cómo lo hacía en privado.
Es muy simple. Al conocer y descubrir las virtudes humanas, la calidez, la tolerancia y el profundo respeto al pensamiento de otras personas, pero, a su vez, la firme convicción con que defendía sus valores, uno también conocía a aquel parlamentario de años difíciles, que rompía esquemas y a quien nunca le gustaban los caminos fáciles, a aquel parlamentario que no conocía lo que era eludir las responsabilidades y que jamás renunció a sus principios y valores por un puñado de esquivos votos.
Esta forma especial de enfrentar la vida se reflejó en él desde muy pequeño, cuando muy joven se acercó a su padre para preguntarle si debía militar en el Partido Conservador o en el Partido Liberal. Finalmente, opta por éste último. Tiempo después supimos que la verdadera razón fue precisamente la respuesta que le dio su padre, quien le dijo que, dada su profunda formación católica, era mucho más el bien que podía lograr en este último partido. Al tomar esta decisión, no le importó dónde podía obtener más beneficios políticos y hacer una campaña más segura, sino dónde podía entregarse más a la causa y hacer lo que siempre buscó, cual era defender los valores morales sólidos e inmutables.
Por este motivo, ingresó al Partido Liberal. Muy pronto fue presidente de la Juventud de dicho partido, presidente del Centro Liberal de Santiago, secretario general del Partido y diputado por el segundo distrito de Santiago, desde 1945 hasta 1953. Luego, fue diputado por el Partido Nacional por el primer distrito de Santiago y, finalmente, en 1987, ingresa a Renovación Nacional.
El 14 de diciembre de 1948, durante su desempeño en la Cámara de Diputados, le correspondió destrabar un proyecto de ley sobre el voto de la mujer, en el que todos decían estar de acuerdo; sin embargo, como hoy sucede con muchos proyectos, dormía el sueño de los justos.
El logró, sorpresivamente, y con una tribuna repleta de entusiastas mujeres, la aprobación de un proyecto de acuerdo para citar a la Cámara a una sesión extraordinaria para el día siguiente, en la que el presidente , don Juan Antonio Coloma , con destreza, logró su aprobación en general y en particular de una sola vez para que pasara al Senado, en el que también fue aprobado rápidamente.
Cumplía con ello la gran tradición familiar, ya que sus ancestros fueron quienes lucharon por una mejor educación para la mujer. Fue el ministro don Miguel Luis Amunátegui Aldunate , quien luego de sufrir fuertes críticas de los sectores más conservadores de la época que consideraban que con ello se destruía la familia, firmó en 1867 el decreto que hoy lleva su nombre y que dio acceso a la mujer a la universidad.
Su lucha y su entrega en esta materia significó mucho más que una modificación legal, que aumentaba al doble el padrón de electores. Para él, era mucho más que eso. Era el reconocimiento concreto a la fortaleza y a la valentía de miles de mujeres que clamaban por una igualdad que merecían.
Estimados colegas, permítanme, una vez más, volver por un instante a su hogar de calle San Ignacio y a aquella acogedora casa en Algarrobo, junto al mar, porque allí encontramos la razón de muchas de sus actuaciones públicas. Don Miguel Luis no tuvo que mirar muy lejos para aquilatar los merecimientos y para comprobar la necesidad urgente de esta modificación legal, ya que a su lado tuvo el testimonio vivo de la abnegación y la entrega de su esposa, de su madre y de su hermana, quienes representaban cotidianamente a la mujer que lucha y se sacrifica por impulsar a su familia, y que no satisfecha con esto, extiende su cariño y preocupación por sus semejantes a las comunidades en que se desenvuelve.
Con Alicia Monckeberg, la tía Alicia, tuvo siete hijos, y asumieron tempranamente la formación y crianza de los nueve hermanos de ella -entre ellos mi abuelo- al morir inesperadamente su madre.
No fueron dos familias, fue una sola. Su familia se construyó sobre la base sólida del respeto y del amor profundo por la verdad y el apego a lo correcto. Fue en la intimidad del hogar donde encontró don Miguel Luis Amunátegui Johnson la fuerza para desplegar sus muchas veces incomprendida vehemencia en la defensa vigorosa de sus ideas y de sus valores.
En 1950 le correspondió, en nombre del Partido Liberal rescatar del olvido y poner en marcha hasta su aprobación final el proyecto que permitía clases de religión en las escuelas y liceos, y que contemplaba la alternativa de que los padres que no la desearan podían pedir que a sus hijos se les eximiera de las mismas.
En este homenaje es imposible no recordar sus memorables discursos en torno a ese proyecto, que hoy recobran plena vigencia.
Él decía: “Es el dogma de una libertad sin límites el que ha llevado al ser humano a convencerse de que es dueño y árbitro absoluto de su destino, y que debe tener por guía espiritual sólo a una conciencia personal, sin preocuparse si está suficientemente bien formada.”
Terminaba diciendo: “La escuela debe, entonces, tener como principal misión la formación de buenos ciudadanos, que contraigan el santo respeto de Dios y el hábito de observar preceptos sobrenaturales.”
Estimados parlamentarios, con profunda admiración constatamos hoy que detrás de estas palabras que el diputado Amunátegui nos dijera hace más de medio siglo estaba, sin duda, la voz de un valor permanente y que hoy recupera plena vigencia.
Don Miguel Luis Amunátegui nos enseñó que la tolerancia es una virtud de primera importancia en el mundo de la política y en el mundo de los valores, porque detrás de la tolerancia hay un reconocimiento a la dignidad misma del ser humano, la cual se debe respetar en todas las circunstancias. Pero como tantas veces nos decía don Miguel Luis , mal podemos defender una tolerancia que nos lleve equívocamente a olvidarnos de cuáles son esos valores fundamentales y, finalmente, a renunciar a aquellos principios que no cambian y que orientan la vida del ser humano.
Don Miguel Luis defendió con pasión sus ideas y, hasta el final, la necesidad de sostener los valores esenciales para toda sociedad, especialmente el matrimonio como fundamento de la familia.
Para mí resulta imborrable el brillo de su mirada cada vez que en una conversación surgía un tema de interés social o una encrucijada política. Tomaba la espada de su palabra, que bien dominaba, y sin contemplaciones entraba en la arena para blandir por los aires los antecedentes históricos, los escenarios y los actores.
Nunca dejó de estar en contacto con los acontecimientos diarios del país y constantemente escribía a los distintos parlamentarios y dirigentes para felicitarlos o estimularlos por sus iniciativas. Muchos de los que nos encontramos en esta Sala recibimos innumerables consejos de su parte, especialmente en los momentos más difíciles que nos ha tocado enfrentar.
En la madrugada del 30 de agosto, después de haber cumplido 71 años de matrimonio y de haber celebrado cuatro días antes lúcidamente sus 95 años de edad, murió desasido de todo bien material, acompañado de su extraordinaria mujer, de todos sus hijos, de sus más de 30 nietos y 80 bisnietos, a quienes les dijo que estaba feliz de tener una familia tan extensa, que permaneció unida y exenta de toda rencilla. Con la imagen de sor Teresa de Calcuta entre sus manos, les manifestó que tenía claro y que estaba muy seguro de hacia dónde lo conduciría esta santa, a quien tanto admiró.
El pueblo de Algarrobo le rindió un póstumo homenaje.
Como padre, abuelo, bisabuelo, tío y hermano, don Miguel Luis Amunátegui sembró mucho, y recién ahora comenzamos a conocer su gran cosecha.
Como parlamentario no pasó inadvertido por esta Sala y, sin duda, sus huellas son imborrables.
Debo agradecer personalmente su paternal preocupación y los consejos que me entregó con gran sencillez en las innumerables conversaciones que sostuvimos.
Para terminar, sólo puedo decir, y tal vez sea éste el único homenaje que verdaderamente sienta don Miguel Luis Amunátegui Johnson , que me siento profundamente orgulloso de contarme como uno más de su familia.
He dicho.
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